Era una noche tenebrosa

Era una noche tenebrosa, la Calle Juan Isidro Jiménez era parte de una desolación sombría, era el silencio que la invadía, eran las luces que más que iluminar amagaban las sombras, era el colmado López II con las rejas cerradas, eran las nubes que hacían de mar en el cielo, pero, sobre todo, era la casa sin número la que daba un aspecto lúgubre a todo este conjunto de cosas.

Un alambre de púas la rodeaba como una envoltura de regalo, de tal manera que ahuyentaba cualquier persona que se atreviera si quiera a pensar en entrar, la casa desentonaba como una nota aguda con su aspecto rustico, al lado de la urbanidad de las casas que le acompañaban, las ventanas cerradas a tablazos que alejaban a los curiosos, la madera podrida que la conformaba, un jardín que le servía de alfombra crecía sin la preocupación de ser podado,  los malos tiempos y la falta de cuidado la habían deteriorado, pero sobre toda esta apariencia, justamente al frente de la puerta principal, el alambrado de púas tenía una pequeña entrada por la que cabía alguna persona agachada, como si en susurros estuviera tentando a alguien a entrar. Sería difícil decir con certeza cuanto tiempo llevaba la casa ahí, sola, contrastando, algunos dirían que era una casa más abandonada de Gazcue, pero hay quienes preferían evitar cruzar cerca de ella.

Pese a que la noche se sentía mucho más sombría que lo regular, la mayoría del vecindario dormía sin percatarse de ello, mientras tanto, el haitiano que cuidaba la “Iglesia de Cristo Gazcue” había comenzado a temblar del miedo por la patrulla que cruzaba la calle a esas horas, normalmente a la una de la mañana las patrullas de Gazcue descansaban hasta la madrugada. Desde hacía unos meses al estado le había cogido con deportar a los haitianos, recordaba las palabras de su amigo dominicano Julio: “Pierre, comienza a econdete que si no te va llevá el diablo, la policía ta’ jodona, parece que le tan pagando por cada cabeza e’ haitiano que lleven, se tan llevando ata lo Dominicano ma’ prieto”,  le decía con un tono que más que de preocupación parecía de hipocresía.

Aunque al principio no le hizo mucho caso, al final sus palabras habían hecho efecto en él y desde hacía varios días que andaba preocupado, debía tener alrededor de una semana sin pegar un ojo, y estos comenzaban a mentirle.

El pobre Pierre había salido de Haití después del terremoto, entrando con unos haitianos que ahora residían en Pedernales, habiendo cruzado la frontera sin necesidad de papeles, marchó a Santo Domingo con la esperanza de conseguir algún trabajo de sueldito que le diera para iniciar su nueva vida lejos de la miseria que había dejado trecientos kilómetros atrás. Muchos compatriotas que había conocido en el camino le recomendaban que buscara alguna manera de establecerse legalmente en el país, pero Pierre tenía miedo, no sabía cómo eran todos esos procesos meticulosos que involucraban, papeles que no tenía y pesos que necesitaba para poder comer. Fue haciendo escala de trabajo en trabajo hasta llegar a esa vieja Iglesia de Evangelicos en donde pudo conseguir un trabajo de guachimán.

Se había ido la luz y el acababa de encender una vela para no estar tan oscuro cuando vio la patrulla que se había detenido en la acera opuesta a la iglesia y había apagado el motor, no se podía ver el interior gracias al tintado que tenía, el corazón de Pierre resonaba por toda la calle, pasaron unos minutos que se convirtieron en los más aterradores de su vida. Un cuarto de hora después, Pierre observó que encendían la camioneta y avanzaba, y sintió que le volvía la vida, pero esa felicidad se extinguió un instante después cuando observó que la camioneta solo hacía esa maniobra para devolverse y estacionarse justo en la acera de la iglesia a unos pocos metros de él

Pierre no se había percató de que ya no estaba sentado en su silla, si no parado observando la camioneta, “siéntate, siéntate, siéntate” pensaba mientras veía como la puerta del vehículo se abría, y un policía con una mirada escalofriante salió del vehículo. No dudo ni un segundo, dio media vuelta y comenzó a caminar rápido, no sabía a donde se dirigía, pero tenía que salir de ahí, sentía como el policía lo seguía a un paso lento. Doblo en la esquina del colmado López II y se dirigió calle abajo, pero lo inundo de terror, su cuerpo se enfrió y su respiración se descontrolaba, podía ver otra patrulla estacionada a final de la calle, era un callejón sin salida, no se atrevía a mirar hacia atrás por miedo a encontrarse con la mirada de su perseguidor.

Cuando llegó a mitad de la cuadra se dirigió a la izquierda, y vio una casa que lo miraba con indiferencia, como si no le importara la situación que le estaba tocando vivir en ese momento. Se acercó con toda la naturalidad que su inquietud le permitía, como si ese hubiese sido su destino desde que se levantó de la silla. Pero al aproximarse más cerca vio el horrendo alambrado de púas que parecía invitarlo a dar media vuelta y largarse. Entonces escucho la sirena de la camioneta acercándose hacia a él y después una voz fuerte que le gritaba a sus espaldas que se detuviera. No lo pensó más, clavo sus manos en la puertecita que había debajo de las púas y entró a la casa con tanto pánico que apenas podía. Se quedó unos segundos mirando la puerta todo estaba muy oscuro, pero cuando dio la vuelta pudo ver en una habitación a un lado una luz que palpitaba, la tenebrosa idea de que alguien más estuviese dentro invadió la cabeza de Pierre. Caminó por el pasillo hasta el lugar de donde provenía la luz, y al entrar solo había un candil en el medio.

Termino de recorrer el pasillo y se sentó en el suelo, pero cuando se tumbó escucho el ruido de vidrio rompiéndose, abrió sus ojos y trato de ubicar de donde provenía el sonido, pero no fue hasta que humo invadió el pasillo que comprendió que el candil se había roto, decidido a salir de ahí, se puso de pie, prefería entregarse a la policía, que ser incinerado en esa casa. Dio unos pasos y una de sus pisadas rompió un tablón en el piso, su pie se había atascado en el hueco, halo el pie desesperado sin obtener resultado, veía como el fuego ya se esparcía por toda la casa, la alarma policiaca aún resonaba sus tímpanos como si la camioneta estuviera dentro de la casa. Sentía un miedo infernal, el aire de sus pulmones era sustituido por el humo de la madera quemada, -AYUDA AYUDA POR FAVOR QUE ME QUEMO, ME QUEMO- decía casi entre sollozos que le cortaban la voz, dio un último jalón al pie y su fuerza hizo que se cayera hacia adelante desplomándose en el fuego.

Al día siguiente salió en los periódicos una de las noticas más tristes que había recibido el país en mucho tiempo: “Muere haitiano quemado en una casa abandonada”- el periódico había entrevistado a un tal Jorge Santos que había presenciado todo. “Yo taba’ cuidando el local de al frente cuando yo lo vi entrando a la casa con una vela en la mano, yo le grite pa’ que se parara porque esa casa e’ de la gente que vive al lado, pero él no me hizo caso, parecía como asutao, aunque yo no sé pol que, ya que la calle taba vacía”

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