Amor de Flores

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La amé con todo mi corazón, no hubiera podido dejarla nunca, aunque Dios mismo hubiese bajado del cielo a ordenarme que me alejara. Hubiera muerto por ella, por sus besos, sus caricias, y esa mirada. Era simplemente un sancocho de emociones, toda mi atención estuvo en ella desde que la vi. – le decía Flores acostado en la camilla junto al escritorio de Don Pedro.

Quiero que me cuentes la historia, y no me excluyas detalles. Tal vez pueda ayudarle Flores, dónde dices que conociste a la chica- Preguntó el Don Pedro con una cara que delataba la monotonía de la entrevista.

¡No Don Pedro! Usted se equivoca, eso no lo digo yo, eso fue lo que pasó, por lo tanto, es narrado por la realidad, una que es ineludible. ¡Ay! si tan solo usted hubiese estado ahí. Estaba yo bebiéndome una presidente, en el barcito ese de la Zona Colonia, cuando apareció ella y me dejo sin aire, ni siquiera eso, me dejo sin tiempo, sin la fluidez de los minutos, todo pasó tan lento cuando la vi atravesar el dintel , qué se yo cuando tiempo pasó, pero lo que si recuerdo es que se me había calentado la cerveza para cuando volví a tomar de ella. Esa mujer fue enviada del cielo, y pareció ser que Dios me dio ojos nada más a mi para apreciar esa figura moldeada por el mismo. Fue ahí entonces, cuando me tuve que poner de pie Don Pedro, ¡Tenia que sacarla a bailar o algo!, yo no podía dejar que se me fuera un mujeron como ese.

Me le acerqué, y le pregunté con el mayor tigueraje que pude sacar de una presidente, si quería bailar conmigo, y ella, ¡ay! ella tan hermosa se negó, fue un no tan rotundo que me hizo sentir su poder, “esa si es una mujer”, pensé en ese mismo instante, fue el rechazo más hermoso que me ha tocado vivir, no pude quedarme con los brazos cruzados y conformarme, así que le rogué, le dije lo todo que había sentido por ella desde el momento que la vi, y cuan mucho quería que bailáramos, le pedí que me diera la oportunidad de tenerla en mis brazos aunque fuera solo esa noche, y sabe qué me dijo Don Pedro, ¡NADA! Su indiferencia si me dolió hasta el alma, y ahí si fue que tome la decisión.

Hubo un silencio en la sala, Don Pedro espero que Flores continuara, pero este se quedo con la mirada atascada hacia el techo.

¿Y que hizo usted entonces? – Preguntó Don Pedro interrumpiendo el silencio. Mientras se ponía de pie para calmar la ansiedad que comenzaba a sentir.

¿Qué hice yo pregunta?, ¡pero si usted ya sabe! ¿Para qué quiere que le cuente? Me senté en una silla cerca de ella a contemplarla, la mire fijamente por un buen rato, compré unas cuantas cervezas más, luego la vi como se puso a bailar a con sus amigas y entonces ahí yo si comencé a pasarla bien, viendo esas nalgas menearse toda la noche, ella se movía como debía de moverse ¡Ay mi santo! No se como resistí tanto tiempo, pero entonces quizás a una hora de ella estar bailando se dio cuenta de que la estaba mirando, se lo dijo a sus amigas, ellas me dedicaron par de reojos y se fueron, ahí si fue que me deprimí Don Pedro, me raje a gritos ahí mimo, no me importaba que la gente se me quedaran viendo, estuve sentado un rato terminándome de beber la ultima Presidente y entonces salí y reviví, no se había ido, estaba en el parquecito de el frente, con unos amigos de ella, riéndose, ¡ay esa risa que me hizo daño, me tire en la misma acera debajo de los carros para que no se me asustara y se me mandara corriendo.

¡Ay! Flores que fue lo que le paso hijo mío– Dijo Don Pedro mientras se apoyaba de la mesa y se masajeaba la cara con sus manos.

¡Es que usted no entiende! Yo lo disfruté, en mi nariz había un olor a amor, cerveza y asfalto, nunca había metido tal manjar por mis fosas nasales, todavía si cierro los ojos puedo sentirlo un poco. En fin, ya se estaba poniendo tarde Don Pedro, eran ya como las tres y media y ella se paro para irse a su casa, “¡diantres!”, pensé yo en ese momento, no la podía dejar escapar, no, después de todo lo que habíamos estado juntos. Entonces me decidí a caerle atrás. Al principio pensé que ella se iría sola, pero una amiga se le pego al lado, eso si me molesto, pero no había problema, ella me la tendría que prestar. Doblaron en la primera esquina y caminaban calle abajo hacia el conde, para mi lo increíble era lo vacía que estaba la calle a esa hora, Don Pedro usted debe de entender que fue Dios que me puso esa calle tan solita. Mi grandiosa mente ideo un plan en ese instante, y decidí de una vez apurarme mientras ellas cruzaban por un callejón perpendicular a la acera, y entonces agarre una botella Jumbo de esas que estaban al lado del zafacón de la esquina y se la rompí en la cabeza a mi bella dejándola inconsciente, y antes de que la cacata esa de su amiga pudiera hablar, le enrosque mi brazo en su garganta y se lo tape para que no dijera ni una palabra, ¡ay! Todo estaba saliendo tan bien que me emocione y cometí el primer error, saque la suiza y le di unas cuantas apuñaladas, ¡pero le juro Don Pedro que mi intención no era matarla!

¿! Por qué Flores!? ¡Su primer error fue no quedarse con el primer no que le dieron! – Le reclamo Don Pedro como un padre desesperado reprochándole a un hijo.

¡Escúseme Don Pedro! Pero si usted hubiese andado por ahí esa noche, usted también se atreve a hacer esa hazaña con tan de tenerla a ella.

¿Y entonces que fue lo que hizo? – Pregunto Don Pedro mirando a cualquier lado del cuarto sin querer ya mirar a Flores.

Pues que mas hice, esa historia esta contada, agarré los dos cuerpos y los arrastré pa’ dentro del callejón, la cacata esa la tiré en túmulo de fundas negras de basura que había por ahí, y mi bella, la recosté del piso de la forma más delicada que me fue posible, me persigné antes de  comenzar a comerme a ese manjar, le corté uno de  sus hermosos senos con la navaja suiza y me lo fui comiendo despacito; ¡Se lo juro Don Pedro, si usted hubiese estado ahí, le hubiese convidado un poco, se me había olvidado llevarme sal, pero, a decir verdad, más salado de ahí  y se me hubiese quitado el gustico. Le di unas cuantas caricias, la encuere y me comencé a masturbar, pero como a los cinco minutos ella abrió los ojos, entonces la apuñale en el cuello y seguí en lo mío.

Hubo otro silencio en la sala, Don Pedro se había volteado en dirección a Flores, y ahora lo miraba fijamente. Veía sus ojos blancos, sin vida, los de un hombre que había perdido todo sentido de la humanidad.

¿Y luego? — Pregunto Don Pedro ya sin deseos de que Flores le siguiera contando la historias.

La policía esa vino a fuñirme la noche, ¿es que esos azarosos monos no tenían más nada que hacer? Me puse de pie con la ropa manchada de sangre y fui corriendo al Conde antes de que pudieran verme, seguí bajando hasta el Malecón, pero ahí vino un animal en una patana y me batió durísimo.

Don Pedro se le quedo mirando, no era miedo lo que sentía, tampoco estaba incómodo, ya estaba acostumbrado a escuchar este tipo de relatos, era simple y llanamente pena.

En ese caso pues hermano, lamento informarle que, no podremos recibirlo por aquí. – Dijo Don Pedro mientras se sentaba en la silla de su consultorio.

En ese momento generalmente escuchaba las suplicas desesperadas de las personas, sus gritos, sus llantos, pero Flores se quedo callado con sus ojos muertos viendo el cuadro de la ultima cena que tenia Don Pedro en su consultorio.

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Era una noche tenebrosa

Era una noche tenebrosa, la Calle Juan Isidro Jiménez era parte de una desolación sombría, era el silencio que la invadía, eran las luces que más que iluminar amagaban las sombras, era el colmado López II con las rejas cerradas, eran las nubes que hacían de mar en el cielo, pero, sobre todo, era la casa sin número la que daba un aspecto lúgubre a todo este conjunto de cosas.

Un alambre de púas la rodeaba como una envoltura de regalo, de tal manera que ahuyentaba cualquier persona que se atreviera si quiera a pensar en entrar, la casa desentonaba como una nota aguda con su aspecto rustico, al lado de la urbanidad de las casas que le acompañaban, las ventanas cerradas a tablazos que alejaban a los curiosos, la madera podrida que la conformaba, un jardín que le servía de alfombra crecía sin la preocupación de ser podado,  los malos tiempos y la falta de cuidado la habían deteriorado, pero sobre toda esta apariencia, justamente al frente de la puerta principal, el alambrado de púas tenía una pequeña entrada por la que cabía alguna persona agachada, como si en susurros estuviera tentando a alguien a entrar. Sería difícil decir con certeza cuanto tiempo llevaba la casa ahí, sola, contrastando, algunos dirían que era una casa más abandonada de Gazcue, pero hay quienes preferían evitar cruzar cerca de ella.

Pese a que la noche se sentía mucho más sombría que lo regular, la mayoría del vecindario dormía sin percatarse de ello, mientras tanto, el haitiano que cuidaba la “Iglesia de Cristo Gazcue” había comenzado a temblar del miedo por la patrulla que cruzaba la calle a esas horas, normalmente a la una de la mañana las patrullas de Gazcue descansaban hasta la madrugada. Desde hacía unos meses al estado le había cogido con deportar a los haitianos, recordaba las palabras de su amigo dominicano Julio: “Pierre, comienza a econdete que si no te va llevá el diablo, la policía ta’ jodona, parece que le tan pagando por cada cabeza e’ haitiano que lleven, se tan llevando ata lo Dominicano ma’ prieto”,  le decía con un tono que más que de preocupación parecía de hipocresía.

Aunque al principio no le hizo mucho caso, al final sus palabras habían hecho efecto en él y desde hacía varios días que andaba preocupado, debía tener alrededor de una semana sin pegar un ojo, y estos comenzaban a mentirle.

El pobre Pierre había salido de Haití después del terremoto, entrando con unos haitianos que ahora residían en Pedernales, habiendo cruzado la frontera sin necesidad de papeles, marchó a Santo Domingo con la esperanza de conseguir algún trabajo de sueldito que le diera para iniciar su nueva vida lejos de la miseria que había dejado trecientos kilómetros atrás. Muchos compatriotas que había conocido en el camino le recomendaban que buscara alguna manera de establecerse legalmente en el país, pero Pierre tenía miedo, no sabía cómo eran todos esos procesos meticulosos que involucraban, papeles que no tenía y pesos que necesitaba para poder comer. Fue haciendo escala de trabajo en trabajo hasta llegar a esa vieja Iglesia de Evangelicos en donde pudo conseguir un trabajo de guachimán.

Se había ido la luz y el acababa de encender una vela para no estar tan oscuro cuando vio la patrulla que se había detenido en la acera opuesta a la iglesia y había apagado el motor, no se podía ver el interior gracias al tintado que tenía, el corazón de Pierre resonaba por toda la calle, pasaron unos minutos que se convirtieron en los más aterradores de su vida. Un cuarto de hora después, Pierre observó que encendían la camioneta y avanzaba, y sintió que le volvía la vida, pero esa felicidad se extinguió un instante después cuando observó que la camioneta solo hacía esa maniobra para devolverse y estacionarse justo en la acera de la iglesia a unos pocos metros de él

Pierre no se había percató de que ya no estaba sentado en su silla, si no parado observando la camioneta, “siéntate, siéntate, siéntate” pensaba mientras veía como la puerta del vehículo se abría, y un policía con una mirada escalofriante salió del vehículo. No dudo ni un segundo, dio media vuelta y comenzó a caminar rápido, no sabía a donde se dirigía, pero tenía que salir de ahí, sentía como el policía lo seguía a un paso lento. Doblo en la esquina del colmado López II y se dirigió calle abajo, pero lo inundo de terror, su cuerpo se enfrió y su respiración se descontrolaba, podía ver otra patrulla estacionada a final de la calle, era un callejón sin salida, no se atrevía a mirar hacia atrás por miedo a encontrarse con la mirada de su perseguidor.

Cuando llegó a mitad de la cuadra se dirigió a la izquierda, y vio una casa que lo miraba con indiferencia, como si no le importara la situación que le estaba tocando vivir en ese momento. Se acercó con toda la naturalidad que su inquietud le permitía, como si ese hubiese sido su destino desde que se levantó de la silla. Pero al aproximarse más cerca vio el horrendo alambrado de púas que parecía invitarlo a dar media vuelta y largarse. Entonces escucho la sirena de la camioneta acercándose hacia a él y después una voz fuerte que le gritaba a sus espaldas que se detuviera. No lo pensó más, clavo sus manos en la puertecita que había debajo de las púas y entró a la casa con tanto pánico que apenas podía. Se quedó unos segundos mirando la puerta todo estaba muy oscuro, pero cuando dio la vuelta pudo ver en una habitación a un lado una luz que palpitaba, la tenebrosa idea de que alguien más estuviese dentro invadió la cabeza de Pierre. Caminó por el pasillo hasta el lugar de donde provenía la luz, y al entrar solo había un candil en el medio.

Termino de recorrer el pasillo y se sentó en el suelo, pero cuando se tumbó escucho el ruido de vidrio rompiéndose, abrió sus ojos y trato de ubicar de donde provenía el sonido, pero no fue hasta que humo invadió el pasillo que comprendió que el candil se había roto, decidido a salir de ahí, se puso de pie, prefería entregarse a la policía, que ser incinerado en esa casa. Dio unos pasos y una de sus pisadas rompió un tablón en el piso, su pie se había atascado en el hueco, halo el pie desesperado sin obtener resultado, veía como el fuego ya se esparcía por toda la casa, la alarma policiaca aún resonaba sus tímpanos como si la camioneta estuviera dentro de la casa. Sentía un miedo infernal, el aire de sus pulmones era sustituido por el humo de la madera quemada, -AYUDA AYUDA POR FAVOR QUE ME QUEMO, ME QUEMO- decía casi entre sollozos que le cortaban la voz, dio un último jalón al pie y su fuerza hizo que se cayera hacia adelante desplomándose en el fuego.

Al día siguiente salió en los periódicos una de las noticas más tristes que había recibido el país en mucho tiempo: “Muere haitiano quemado en una casa abandonada”- el periódico había entrevistado a un tal Jorge Santos que había presenciado todo. “Yo taba’ cuidando el local de al frente cuando yo lo vi entrando a la casa con una vela en la mano, yo le grite pa’ que se parara porque esa casa e’ de la gente que vive al lado, pero él no me hizo caso, parecía como asutao, aunque yo no sé pol que, ya que la calle taba vacía”